
Jeff, un fotógrafo de moda, entabla una relación virtual con Haley, una muchacha un poco más madura de lo que su edad señala.
A medida que consolidan su relación, ambos acaban por dar el paso final y quedar en persona, alejados del misterio que posee la red. La descompensación entre las dos edades es total y, por luego decirlo, la relación entre ambos personajes aparece viciada de principio, alejada de los cánones tradicionales.
No importa que Haley sea más extrovertida, culta y, quizá, con un punto de arribismo omitido en cualquier niña de catorce años. La relación, pues, es imposible. Ahora bien, lo que de verdad interesa a Slade es cuestionarse qué es lo que mueve a los dos personajes a quedar, por qué han decidido prolongar un paso más allá su relación virtual.
El apartamento de Jeff, a la vez su estudio fotográfico, no es más que una trampa de cuatro paredes en la que la voz del director se escindirá en la de Haley y dará inicio una larga tortura dialéctica para intentar desentrañar las bases de su conciencia, de su manera de ser.
La mayor virtud que ostenta el film es, precisamente, no cuestionar los actos de Jeff, más bien someterlos a algo tan últimamente en boga como es el complicación de la responsabilidad moral. AsÃ, en los primeros compases de la pelÃcula, Jeff no ha cometido ningún tipo de crimen o abuso, legalmente hablando, pero sà lo ha cometido moralmente.
El director se pregunta si puede haber algún trasfondo, un microcosmos de culpa y abuso tras ese desliz moral que ha cometido Jeff y, erigiendo a Haley, un personaje que no existe, que es la suma de todas las jóvenes que Jeff ha podido fotografiar en su dilatada carrera, en el juez externo de esta situación, aÃsla cualquier juicio de valor innecesario y nos introduce en el plano superpuesto oculto hasta el momento.
En la forma de enfocar el complicación juega un papel decisivo la técnica, la plasmación por parte del director del ambiente opresivo que el guión detalla. AsÃ, lo primero que llama la atención es la decisión de utilizar planos cerrados, primeros planos, en las continuas conversaciones entre los dos personajes. Las caras transmiten una especie de refuerzo emocional al entramado dialéctico de cada escena y, en parte, ayudan a canalizar de una manera más acertada el amplio espectro de emociones contenidas en cada uno de los dos actores. Haley transita desde los terrenos de la teenager insegura, de cabeza gacha, a los de lolita generadoramente naïf, desvelando en el último plano posible su verdadera naturaleza, la de una caperucita roja sedienta de venganza y casi indestructible -un poco, en la onda del film de Matthew Bright Freeway (Freeway, 1996) pero sin la carga irónica de este-. SEGUIR LEYENDO ….
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